CAPITULO 1
Sonó el despertador, y abrí los ojos a un precioso jueves de mi estación favorita, otoño, así que como de costumbre, volví a emprender mi rutina mañanera. Con los pies desnudos busqué a tientas mis viejas zapatillas de estar por casa. El suelo estaba helado, hasta tal punto que cuando posé mis pies sobre el, pensé que se me habían quedado pegados. Al fin las encontré. Cogí con la mano una de ellas y me quede mirándolas unos segundos antes de ponérmela.
-He de comprarme otras- me dije para mis adentros.
Eran las típicas de estar por casa: unas zarpas de monstruo, de color verde con tonos en mas oscuro para figurar unas escamas, todas acolchadas y de terciopelo. Deje escapar una pequeña risita y volví a concentrarme en lo que debía hacer en ese momento.
Fui directa hacia la ventana de mi habitación procurando no tropezar con ningún trasto que estuviera por el suelo, ya que mi cuarto estaba muy desordenado en ese momento. Forcejeé un poco con el propósito de abrirla, las bisagras estaban un poco oxidadas. Tras una leve pelea con la única entrada de luz que se podía hallar en mi cuarto, logré abrirla. Una fría ráfaga de aire me dejo petrificada, despejando mi cara y dejando atrás mi pelo. Me dirigí ipsofacta hacia mi bata que estaba en el suelo y me la puse sin pensarlo. Fui a mi baño, encendí el calefactor y salí apresuradamente para no dejar escapar su trabajo en vano. Cogí mis gafas y me situé ante mi pequeño armario, abrí las puertas y muy hábil puse la mano sobre una gran columna de vaqueros, evitando un derrumbe y más que limpiar. Agarré unos, estiré de ellos y los deje sobre una silla que había a un lado del armario sin dejar de sujetar la columna, entonces cerré la puerta y me liberé la mano que sujetaba la gran pila. Encontré una vieja camiseta de béisbol, blanca con las mangas verdes y con un dibujo en la parte delantera. La había diseñado yo. Sonreí satisfecha y entre en el cuarto de baño como antes salí. Desenchufé el calefactor y encendí una pequeña radio.
Abrí el grifo y puse la temperatura máxima. Me deshice de mis gafas de pasta negra y esperé sentada en el borde de la bañera mientras esperaba a que el agua saliera caliente balanceándome al ritmo de la música y cerrando los ojos al mismo tiempo que cantaba. En un instante que abrí los ojos vi que el espejo se había empañado. Así que me puse en pie y comencé a deshacerme de la ropa que llevaba puesta para entrar en la ducha.
Al salir, limpie el vaho del espejo y contemple mi tez blanca, mi pelo negro, mis ojos grises como el plomo, las pecas que dibujaban a sus anchas por mi cara, mis labios... Me acerqué un momento al espejo intentándome centrar en detalles no tan visibles como los anteriores. Al lado del grifo, había un pincel –visto el desorden del cuarto no me sorprendía nada- me recogí el pelo con el. Quedé hipnotizada por mis propias pestañas. Alejándome del espejo lentamente me quité el pincel y me puse el flequillo aún mojado hacia alante. Más tarde me di la vuelta a por el secador para secarme el pelo.
Ya vestida y aseada estaba entrando a una velocidad vertiginosa en la cocina. Rodeé una mesa que se encontraba en el centro y esquivé a mi madre hasta llegar al frigorífico.
-Buenos días mamá- le dije mientras miraba mi reloj.
-Buenos días cariño- me contestó algo ausente a causa del sueño. Bostezó y me dedico una sonrisa- ayer por la noche pensé que cuando salgas del colegio, si quieres, puedo pasar a recogerte y luego podríamos pasarnos a comprarte algo de ropa, ¿Qué te parece?
-Mamá, tengo mucha ropa, no es necesario- dije sin mirarle concentrada en mi vaso de zumo- sé lo que pretendes y no pienso mirarte- si mi madre tenia algo, era un poder de convicción formidable. Ponía esa cara de pena que tanto me podía y me abatía en sus redes. Seguí mirando fijamente el vaso hasta que se rindió.
-Estas bien domada.
-Además, tengo que pasarme por la tienda de fotografía de Sam, he de pedirle unos carretes para la polaroid. Tengo que hacer un trabajo y he pensado en sacar fotos con la cámara. Quedará genial- levanté la vista para mirar a mi madre. Estaba poniendo esa cara que tanto detestaba y que al mismo tiempo me derretía. Sabía mi punto débil a la perfección y lo explotaba muy bien- ¡Oh, mamá! No puede ser, como me haces esto- le volví la cara velozmente.
-Esta bien, está bien…- rió dándose por vencida. Se acercó a mí y me dio un beso en la frente- si no sales ahora de casa, llegaras tarde al colegio.
-Sí, cierto- me levante de la silla y me acerqué a su mejilla para devolverle el beso.
Salí de casa algo nerviosa y bajando los escalones de cuatro en cuatro hasta que llegué a la puerta de mi casa y salí a mi gran ciudad, Nueva York. De nuevo me eché hacia detrás al contemplar la majestuosidad y belleza de sus calles y su ambiente. A pesar de que llevo años viviendo en ella, no deja de sorprenderme cada día.
Emprendí mi camino hacia la escuela algo distraída. Al girar la esquina, vi como el autobús blanco que cogía cada mañana comenzaba a cerrar sus puertas.
-Mierda- dije sin poder evitarlo en un tono muy audible. Entonces sin pensarlo empecé a correr para intentar alcanzarlo -¡Pare, pare!- gritaba mientras propinaba grandes golpes en la puerta. El vehículo fue disminuyendo su velocidad hasta quedarse quieto. Abrió las puertas y muerta de vergüenza, entré en el preguntándome si no habría sido mucho mas conveniente haber esperado treinta minutos a el próximo bus. Cuando entré todo el mundo tenía los ojos clavados en mi gracias a mi pequeño show. Y para mi suerte, el único sitio libre, estaba al final. Mientras recorría el estrecho pasillo, notaba como las cabezas se giraban a mirarme. Esta suerte exclusivamente la disfrutaba yo.
Una vez llegué al final del pasillo me senté aliviada y puse mi bolsa en el asiento de al lado, de repente me note mas ligera de lo habitual. Supuse que eran cosas mías. Me acomodé poniendo los pies sobre el asiento. Cerré los ojos y estiré el cuello, después eché una ojeada por la ventana y algo me resultó familiar. Era mi carpeta, estaba en el suelo con todos los dibujos, fotos, apuntes y trabajos desparramados por el suelo. Me llevé las manos a la cabeza. El autobús ya había arrancado y no seria la primera vez que lo había parado. No sabía si reír o llorar, lo que no iba a hacer era volver a avergonzarme como lo había hecho antes de entrar. Me consoló el que en la carpeta estuvieran apuntados mis datos.